domingo, 6 de abril de 2014

TU MANO ACOGIDA EN LA MÍA, EN EL ADIÓS.



In memoriam, por Carmen, mi madre.
1920 -2014

…TU MANO ACOGIDA EN LA MÍA, EN EL ADIÓS.

Hace ya un mes que tu fortaleza dejó de protegerte.
Estabas tranquila. Eran más de las nueve de la noche del 7 de marzo. Habías ya tomado tu cena.
Junto a ti, esperando que abrieras los ojos para reconocer a quienes estábamos y sonreír;  con alguna de tus palabras acostumbradas con toque de humor para las presentes, se intuía que ibas a descansar, a dormir.
Sin pensarlo ni pedirlo, te agitaste, con una tos espesa, ronca, cargada. Te incorporamos para evitar no sé qué... Llamé a Urgencias, pues tus ojos mostraban una mirada corta, desvaída, sin punto fijo.
Llegaron enseguida y, tras la exploración, afirmaban que tus constantes eran irregulares, desequilibradas y preocupantes. Quizá lo oíste y no quisiste viajar al hospital, a una apartada cama: te quedaste en casa, en la tuya, junto nosotros.
No estabas sola, como habría sido en el hospital; aquí se disponían tus vecinas de toda la vida, venidas a estar contigo, como cada día desde hace muchos, hoy con más sobrecogimiento.
Estaba la chica que te cuida y estaba yo.
Fueron llegando más, pues la noticia de tu evidente marchitamiento y decadencia se extendió en la noche por la calle. Diste tiempo a que llegaran las amigas de tu hija, mi hermana, quien compareció en idea espiritual, y vino –ella que había sido médico de Urgencias-, para que fueras atendida del mejor criterio y procedimiento, sin sufrimiento.

Tu respiración se hacía lenta y entrecortada, mi mano izquierda cogió la tuya y mi brazo derecho rodeó tus hombros, acercándote a mí, hasta tu último aliento, intentando compartir ánimo y conciliación que de mí pudieras acoger. Te noté tranquila. Y así fue hasta que volvieron los de Urgencias para certificar que tu cuerpo había decidido descansar eternamente.

Quisiste que tu adiós fuera en tu casa, la que tantos esfuerzos y privaciones te costó levantar y en donde tuvieron lugar todos tus momentos vitales.
En el ambiente y en tu presencia no hubo sonoridad de aspavientos, sólo algunas lágrimas calladas y miradas en las que nos reconocíamos. Tu espíritu, de ti y conmigo, también habitaba entre todas las mujeres presentes, de ti muy conocidas y queridas: no estuviste sola en tu último momento, muchos labios hablaron y riqueza de manos te acariciaban en la serenidad lenta de tu adiós.
En la mente y en el corazón habita un intenso frío cuando se llega a ver lo que quedó de mamá. Pensé que este momento no habría de llegar nunca.

¿Se puede, como hijo ya huérfano de ti, tras tantos años compartiendo tus días, responder por quién eras realmente tú?
¿Asume un hijo lo de completar la memoria familiar y reconstruir el pasado?
¿Puede tu ausencia ser aliviada por lo que indague de ti, desde tu nacimiento?
¿Cómo pudieron ser tus primeros e infantiles años que luego se fueron tiñendo de trabajo continuo, creyendo en los horizontes de tus hijos?
Y, sin embargo, presentes y profundas amarguras te acompañaron sobreponiéndote a ellas, luchadora y trabajadora de siempre, donde dejaste desgarrones de tu alma llenos de dolor: con tu hija que se fue para no volver en plena efervescencia vital y futuro; y también  con quien apenas une un hilo de fraternidad.
En tu final de la historia se escribe el desmoronamiento de una familia. Tu vida es el afán por entender una irrealidad que, sin embargo, te vuelve real.
Y tu final es una necesidad de redención. En realidad no es nada extraordinario, salvo los golpes de dolor, que a duras penas se consiguen contar.

¿Cómo será tu rostro auténtico, el que vivió por dentro?
El paso del tiempo es el protagonista y es el que ya no señala el regreso reflexivo hacia los orígenes; es una memoria contradictoria que se revela poco a poco, como si tu cuerpo hubiera estado conformado por los sucesivos cambios.

Me atrevo a dar como cierto, madre, que estuviste de acuerdo contigo misma, aún en retales de distinta procedencia que elaboraron tu fe.
La Cruz torcida, que ado

ptó Juan Pablo II y que tanto gustaba a mi madre).

En lo que tanto has creído y practicado, en la religión y sus ritos: no quisiste ser otra cosa en la vida que una buena mujer y que tu Dios y Jesucristo te acogieran en la hora final. Así lo espero: por ti.
Y, ahora, la muerte es la noche para quienes de este lado estamos, como emoción y sentimiento extremo.
Quisiera escribir en palabras audibles -poder anotar para desvanecer, pero no para caminar hacia atrás- los susurros, los ecos y los gritos de la insatisfacción que arranca de la vida, en un único camino de ida.
Que sean compensados ampliamente por tu supremo bienestar en el más allá en el que crees y habitas, y así fuera acallado el dolor que desestabiliza el presente.

Hoy es, en el ritual católico en que tú creías,  practicabas y vivías, “Domingo de Lázaro”, -el anterior a Domingo de Ramos-. Tenías por él una especial adherencia, probablemente la condición de ser resucitado por Jesucristo. Es ese capítulo del Evangelio según san Juan.
Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, enfermo, muere, pero Jesús habla de que está “dormido”, y sepultado desde hacía cuatro días. Jesús les dijo:
- "Tu hermano resucitará".
Y Jesús lloró. La muerte tembló a su voz. Y gritó:
- "¡Lázaro, ven afuera!".

Creo, madre, que lo de Lázaro te proveía de alegría y esperanza: no serías retenida por la muerte para siempre.

A modo de elegía.

¿QUÉ SOMOS Y QUÉ SENTIMOS?

Tiempo y ausencia.
"El tiempo pasa, la eternidad es", decía Agustín de Hipona.

La personalidad se despoja del cuerpo.
Madre, pierdes tu cuerpo
Y no dejas de existir
como personalidad.

Tu laboriosidad permanece aquí,
en la unión de mente y memoria.
El viento intranquilo de la tarde
mueve la sombra sin fragmentos.
Un contrasentido estalla en el aire,
para sobrevivir,
sin más,
de una herida abierta
y de las interrogaciones…

Quizá todo sea,
al reflexionar sobre la Deidad,
un sueño esotérico y mal entendido,
quizá sólo para sobrevivir
en los colores de esta primavera.
¡Quién sabe!
Ya tiene sentido el tiempo
como los rayos de sol y luz de luna,
que lloran la agonía de la efímera existencia.
Ahora, tu naturaleza toda,
se vuelve florida
en el corazón de quienes te recordamos.
Traspasado el cristal
de una dimensión a otra,
no quieres que lloremos
en las esquinas del abandono.
Sigues ausente,
         pero tú estás.

sábado, 14 de diciembre de 2013

LUIS CERNUDA: POEMAS Y MÚSICA, por los 50 años sin él; en el día de santa Lucía

El 13 de diciembre es el día de Santa Lucía,  tiempo de festejos, (aunque sea en los países escandinavos). Aquí, este año, el Aula de Poesía de la Universidad de Murcia nos ha convocado para conmemorar que hace 50 años nos dejó el poeta Luis Cernuda, -fue el 5 de noviembre de 1963-; uno de los poetas fundamentales de la Generación del 27, (¿podemos celebrarlo en sentido festivo? Me atrevo a decir que “sí”, porque la de Cernuda es poesía imperecedera y porque hoy ha sido una fiesta de la palabra y la música).

El acto comenzó con la intervención del catedrático y académico Francisco Javier Díez de Revenga, en una breve, precisa e intensa sugerencia de la importancia del poeta Luis Cernuda, del que ha señalado los puntos cardinales de su obra: amor, tiempo, soledad, infancia y muerte. Ha resaltado el tema de la soledad: en el amor, en la amistad, lejos de la tierra,…
Y, para concluir, Díez de Revenga ha elogiado que la composición de este recuerdo haya sido en la línea del pensamiento y práctica de Cernuda: la presencia de la música y las artes plásticas en la poesía.

“Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma...

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad”
.
(…)

Dos chicas y un chico, que han trabajado la poesía de Cernuda, han recitado poemas del autor evocado. Y jóvenes músicos han aportado la música al acto; que se ha iniciado con piano desmenuzando el “Homenaje a Edith Piaf”, de F. Poulenc


Una armonización entre violonchelo y piano ha interpretado “El paño moruno”, de Manuel de Falla; -aunque aquí lo traigamos con violín, en vez de cello;  (http://www.youtube.com/watch?v=yXdi7jnKb8k).

También la música de Ravel, en piano a cuatro manos. Y la de otros compositores que, por no fatigar en su nombre y descripción, ha surcado el espacio cultural que nos acogía.

Y clausuramos este aniversario con:


Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

jueves, 12 de diciembre de 2013

NARVAL,… ¿NO TE INCITA A CONOCER LO QUE PUEDE SER Y ES?

Lugar agradable el salón de actos del MUBAM (Museo de Bellas Artes de Murcia), lo es. Y es cómodo para presentar un libro.


Acudo a la presentación de una novela, la última de Santiago Delgado: “NARVAL” ¿Qué substancia es esta que puede llamarse así, “Narval”?

Es el unicornio del mar, que no es el mítico caballo terrestre y volador, sino que es real, toma referencia esta extensa novela. (Más de 500 páginas y pico largo -como el colmillo largo y retorcido, en forma de hélice, de los machos narval, animales marinos, de la familia de las ballenas-).



Dice su autor (y para ello, adopta tono circunspecto, serio) que es la última novela que escribe. Yo no me lo creo.
Él aduce que le pasará, posiblemente, -dado que tiene alguna que otra novela avanzada y/o empezada- como decía Sancho Panza de los refranes: que había tantos, en efervescencia, rondándole y emergiéndole de la boca, que alguno que otro saldría inesperadamente. 
Así, aviso, sucederá con la próxima novela de Santiago Delgado.
No ha traído el autor a presentador alguno de su novela; lo hace él mismo. Y así nos habla de una novela que está en la línea de Los Argonautas, los héroes que acompañaron a Jasón en su búsqueda del vellocino de oro.

Aquí se busca el colmillo del narval.

Novela de viajes: desde el este del Mediterráneo hasta las frías tierras de Islandia. (Como dice el subtítulo del libro: “de Bizancio a Thule, en el año 600 de la era cristiana). Así que, -explica el autor-, las aventuras se vivirán en diferentes espacios, con señalados hitos y paso por templos paganos y tierras hispanas.
Nos indica que en la novela hay personajes que viven autonómamente, incluso que imponen su periplo y carácter: es el caso de la esclava negra, Makeba; de un Apolo lúcido y bajito, de Valerio y, algo menos, el personaje central, Marcos.
Es una novela donde se combinan historia, libertad del autor para escribir, los mitos, la aventura continua y, sobre todo, como corresponde a una novela de Santiago Delgado, un camino en búsqueda y hallazgo del conocimiento.
Novela-río que, ¿por qué no?, hasta podría ser llevada al cine.

De momento, pendiente, comencemos a leer. Y  en el 16 de Enero, habrá una lectura de textos de la novela en san Juan de Dios.

martes, 8 de octubre de 2013

OTOÑO 2013: QUERIENDO RESISTIR A LA INFLEXIBLE CONCLUSIÓN

          Una vez más es otoño. Lo mismo de cada año en esta estación, pero es distinto. Esta vez, también.
De todo lo que contiene y significa, ¿qué atrae, qué se piensa, qué se siente, aunque sea tangencial, temporalmente?
Los tiempos repetidos nunca han sido suficientes. Sólo porque sea el momento de otoño, por la viva coloración y los matices de decadencia, nos da a entender lo que ya intuimos, por elemental; lo que va estando claro, por inexorable.


Llegar junto al río de siempre, que se resiste a dejar de ser, escaso de caudal. Abrir los sentidos a los coloreados bosques de ribera y algunas presencias de pinos con tocados anaranjados en sus agujas. Por allí y más cerca, aparecen rojos y amarillos luminosos, que contrastan con ocres y marrones. Pasear unos minutos sin prisa, así, sin mirar el reloj, venir a conversar con las tonalidades, con el viento y las nubes.


Otoño, espectáculo que la naturaleza dispone y avisa: viste a los árboles de un amarillo encendido en ramas pálidas y desmayadas, y, a su vez, los va desnudando poco a poco, con alianza en soplido de viento inquieto.
Agrada el fresco y la humedad de la lluvia venidera, esa que aguardan las riberas para seguir siendo umbrías.

Viene menguando la luz y alargándose las sombras, que se extenderán casi perdurables. Colores en la memoria y latido en avance de ausencias para el invierno, que llegará.
Pasan los días, cada uno diferente de los demás, totalmente distantes en vivencias. Se llega a la cuenta que dice que una etapa está ya agotada, o al menos llegando a su fin. Y las preguntas se sitúan en cómo abrir otras puertas e iniciar otros caminos.

Con las primeras lluvias del otoño, las fuentes y los ríos del valle, allí, a lo lejos, que en verano eran un hilo, recuperan el brío, como si fuera primavera. El arroyo vuelve a brincar como lo hace el oro en las cumbres que el otoño dora a fuego lento. Un canto a la vida, queriendo retenerla, y se escapa como el agua de las manos.

Volver a la ciudad. Concretar un paseo por  jardines, internarse en el susurro de las hojas mecidas por el viento y alejarse un tanto del ruido; discurrir entre el silencio traspasado de gorjeos, brotan las palabras. Y rodear las tapias por el exterior para ver la paleta de colores vegetales del otoño, con gozo ante todas las cosas: la primera lluvia del otoño, unas nubes, colores de la mañana, el dorado crepuscular.
Los árboles se fertilizan con las hojas desprendidas y secas.
El aire se mueve y modela remolinos de hojas secas, de bolsas de plástico y papeles, polvo acumulado; cuando cesa, todo se deposita informe en el suelo, incoherente e incomprensible. Veo caer las hojas de una vida en remolino informe.
Las esperanzas truncadas, como los sueños rotos. La extrañeza de la simultaneidad de la promesa rota de mantener la lucidez, con el asombro de la vida gastada. El deseo repetido de que broten nuevas hojas, suponiendo inmarchitable el ciclo renovador: después de las hojas caídas al roce del viento viajero, que venga otra vez la fuerza. Pero llegará el invierno. 


La mirada quiere ser penetrante, excavar en lo que se manifiesta, transcenderlo en su por qué. El otoño se resiste a caminar, pero ha llegado. Y atraviesa cruzando la mirada.
Lo que se oculta tras las señas y signos lleva a preguntas: ¿Es la vida de las personas algo más que sombra? ¿Qué cosa o qué sombra somos? Sacuden las certezas de ser destinados al ofrecido sufrimiento para dioses que inexisten.
Es otoño. Su espejo refleja el desvalimiento de vivir para límite y punto. Por la esperanza se cree en la vivencia trascedente de lo existente. 

Es otoño, y sus frutas alientan el ánimo y la permanencia. Fundidos en una misma y única esencia: el amor por la tierra y sentirse desterrado.
Es otoño, realidad que se sabe más real, y hay que darle voz: para vencer la extrañeza de no conocer y, a cada instante, vivir como acontecimiento:

Tan sencillo es todo
que se piensa en detener:
nada es imposible
ni tiene término.
¿Dónde se ha escrito
que el otoño de la vida
es decadencia
y aviso del fin?
Y escribo,
persuadiéndome
sin convencido remedio,
de que en este instante,
todo es
mientras camina
        a dejar de ser.

viernes, 2 de agosto de 2013

En esta fronteriza visita a la obra de ANTONIO CAMPILLO en su parque. (Y III)

Forma de vestir, situación social y oficio en los relieves de Antonio Campillo.

Concluimos, por hoy y ahora, el paseo por las alegóricas figuras del relieve y la franja de su friso.
Son las cinco y media de la tarde; el calor veraniego empieza a notarse en una Murcia de principios de Agosto. He dejado la fresca sala de la cercana Biblioteca Regional de Murcia para conversar con la obra de Antonio Campillo. Este parque es un lugar abierto, circula el aire y no así los escasos vehículos a motor, en una tarde de viernes agosteño. La hora y el ambiente los considero murcianos, - ardientes y húmedos, de sudor incómodo-, pero, a su vez, tranquilo para conversar con las obras de arte mientras se siente el aroma del césped caliente. Sí, hay que estar entusiasmado para venir en este horario, pero me resulta una promesa  que, tras un acercamiento a la obra, indudablemente remarcable, la mirada no está alterada ni  distorsionada por el calor, ya que la luz llega a todos los rincones del friso. La obra de A. Campillo se inscribe en un mundo diverso y de contrastes, el del momento actual y el de la representación de cuando el tiempo era presente.


Las esculturas de la primera sección del parque escultórico se muestran desnudas, en escenas íntimas y cotidianas, sin alarde impúdico. Su “piel” concuerda con el concepto de mujer sencilla, corriente, casi universal, representativa murciana, reflejo de escenas cotidianas que nada tienen que ver con pasarelas de moda o modelos de portadas de revista de color.




Es lo que muestra la “Alegoría de la Primavera”, -elemento escultórico del segundo espacio del parque-, en su desnudez: en primavera, todavía los árboles y plantas no están ‘vestidos’ pero sus flores son llamativas.

Vestir es no sólo en el refugio ideal de cada protagonista, sino también en un mundo por rescatar, al que Antonio Campillo dirige un más que conmovedor homenaje. Destacar cómo es el atuendo de las figuras de los relieves, nos transporta a una etapa histórica, o simbólica, en la que la forma de vestir era reflejo de la circunstancia laboral o clase social  -la posición social es un rol- a la que se pertenecía, y que se adaptaba a unas exigencias asignadas, casi por estratos sociales. Así:

· La mujer que personifica a la Maternidad viste de forma sencilla, con vestidura sin pretensiones ni ajustes, no aspira resaltar nada: el atuendo es amplio y sin estrecheces, funcional y adaptado, coherente. Explicado con sólo los trazos del dibujo, habla de que su vida está dedicada a ser madre y no cuenta consigo misma, unidad y pieza organizadora de la casa y de las tareas domésticas, algunas de ellas de atención a la huerta cercana.








· Blusón del segador, largo y holgado, sin cuello, con pinzas que le permitan ceder, dejarlo extender sin estirar, sin ajustarse al cuerpo cuando se mueven los brazos en todas las direcciones, tanto en la siega como en la carga. El pantalón amplio, de tela fuerte, por encima de los tobillos, para que no se enrede ni se atasque en las malezas ni en los rastrojos. Es el vestido de un trabajador concreto: campesino recolector, el segador.








· La cabeza de la joven del “fruto de la vida” se muestra cubierta, dejando ver la raya del peinado, todo el rostro y una sensualidad del cuello. El vestido cubre el cuerpo, pero se ajusta en el pecho y en el abdomen, destacándolos, -ya que ellos son la fuente de vida-. Son atractivos necesarios, suponen una llamada y aviso para que la vida se perpetúe. Son ejes en torno a los cuales gravita el discurso vital. Los brazos, al descubierto, son esencialmente fuertes, para transportar y cuidar los importantes frutos. Las piernas se ‘acortan’ por la extensión y alargado del vestido; el calzado, plano y cómodo, para aguantar el peso, el tiempo y las caminatas.





· El Flautista viste sencillo, pertenece al estado llano, es un hombre de la tierra que tiene la habilidad y el gusto por la música de viento. Aunque su atavío es aparentemente escueto y humilde, podemos señalar –sin miedo a equivocarnos- que es un traje de fiesta: muestra adornos en mangas y perneras, y la botonadura está confeccionada con esmero. Es persona que se ofrece a la mirada de los espectadores, un personaje singular, distinto y destacado, por su forma de mostrarse y por su largo pelo, inusual entre los hombres del lugar.





· La Virgen revelada en su estado por el ángel.
   Los trazos del plumaje que caracterizan al ángel anunciador, puestos arriba, se distinguen del vestido de la Anunciada. Las líneas confluyen en lo que se anuncia: el embarazo, la vida contenida en el interior que flanquean caderas y muslos fuertes, que se vislumbran bajo la larga falda, que está en consonancia con el tema/concepto de la escultura. La parte de arriba, por tanto, es simple, porque la importancia reside en el vientre. Los pies, descalzos, tocando tierra, en la aceptación de lo anunciado.




· El secuestrador de nidos (“Cogiendo nidos”) es poco más que un niño, un adolescente que, para subir a los árboles, -además de su vigor de joven, precisa ropa cómoda y flexible: camiseta de manga corta, sombrero caído sobre la espalda, (estorba a la vista y al encuentro con las ramas); y pantalón dinámico. Pero aquí se trata de un nido urbano, doméstico. De ahí el protagonismo de la silla usada como escalera. (La silla tiene una importante en la obra de Antonio Campillo: es apoyo y es descanso, a la vez que seña de identidad).









· Bordadora, dedicada a su labor primorosa y esmerada, eleva tirante el hilo tras dar la puntada, no está molesta con el pájaro posado en su mano, al que mira como a una inspiración. Antonio Campillo señala su pelo oculto, recogido y envuelto en un amplio y arreglado pañuelo, para que el cabello suelto no entorpezca la mirada atenta. Sobre sus hombros y espalda, -que se suele enfriar por la concentración y la quietud corporal-, un chal. El bastidor se apoya en el delantal, mientras la falda baja más allá de las rodillas de las piernas recogidas. Mujer vestida para esta labor noble, delicada, que practicaban habitualmente en las tardes y noches.


· Y por último, “La Siembra”. Plenamente alegórica. Momento mágico de hacer propicio el suelo donde cae, y favorecer prodigiosamente el buen resultado. Tan importante es el momento de la siembra que A. Campillo lo recoge en el misterio y esperanza, casi mitológicos o de halo religioso, que sienten los agricultores ante el hermoso enigma de sembrar y, luego, recoger la cosecha.
El vestido del ángel sembrador, provisto de abundante semilla, cubre por completo un proporcionado y asexuado cuerpo, ser espiritual que debe concurrir y favorecer lo material. Lo importante es la labor de desparramar y esparcir la simiente, aguardando la abundante y mejor recolección. Propiciar la posible desde lo utópico. aquello que desea, porque no siempre es alcanzable.

Y esto tiene relación con la escultura “Fecundidad”, -que está separadamente cercana al friso-, entendida como un tótem que muestra el objeto de deseo, donde un insinuado y largo pañuelo apenas cubre al ángel –ente asexuado- que desparrama sus bienes salidos generosamente del cántaro.



· El “Atardecer”, habitado por una sentada figura femenina que mira hacia atrás, al día que se despide, viste un tenue vestido, ligero para el momento antes de la noche. Es un ropaje fugaz, como el momento del crepúsculo. Enseguida irá al baño y su cabeza está envuelta para que no se moje en el cabello. La cordura de los diferentes valores simbólicos que se ahí se encuentran.

Pero hay que seguir buscando poner de manifiesto más aspectos de estas obras de Antonio Campillo, que requieren madurez y, sobre todo, responsabilidad en lo que se hace y se transmite. Metáforas de la sociedad misma, recreación de una generación inmersa en los problemas laborales y sociales de su momento. Pero, porque todos representamos un rol, a todos se nos impone un determinado rol para cumplir: el trabajo por sí mismo, se muestra en esas figuras que son sujetos que pueden reconocerse actualmente, porque contienen algo, bastante, de universalidad; sobre todo si pensamos en los orígenes en que se sitúan, en las circunstancias geográficas y sociales, en aspectos educativos, desde los cuales venimos y hemos crecido y despegado, dejándolos atrás, pero no mucho. Es la crisis del rol que la sociedad impone, y que Antonio Campillo homenajea.