domingo, 6 de marzo de 2011

PASEO POR LA HUERTA: EL INVIERNO DECLINA Y LOS COLORES ESTALLAN

El inicio de la tarde es ligeramente frío pero el sol se hace cargo de que sus rayos desciendan como gentiles bondades. Empezamos bien.
Nada más iniciar la visita a lo que queda de tierras cultivadas, el paseante se encuentra con circunstancias de lo dinámico y potente, ya que los espacios de la huerta rejuvenecen y se vigorizan de colores precursores; y de lo estático suspendido entre tierras abandonadas y edificaciones surgidas de la reciente época en que se plantaban ladrillos.
Con cierta imaginación y extrayendo el recuerdo, se despliegan ausencias que pudieran caer en la nostalgia. Y el tiempo pasado no volverá, de ninguna manera (que tampoco se debe, ni se puede ni conviene calificar el pasado de ‘idílico’). Así que gocemos de lo que hay y lo que queda, en la difícil supervivencia de lo agrícola: ya se resolvió el dilema entre el cultivo familiar y la agricultura extensiva/intensiva en nuevas tierras, lejos del río Segura –superado por los trasvases y canalizaciones- que antes distribuía su agua por las acequias, hoy disminuidas o canceladas.
Pero si trazamos est
e paseo es porque no renunciamos a lo que lo caracteriza: la tierra que, fértil como cuerpo de mujer y sus transformaciones, en las funciones elementales de la naturaleza es una necesaria referencia para la vida humana.
No sólo la vista se recrea en los colores de los árboles florecidos, pues otro foco de atención penetra y queda fijado por el oído: los pájaros, sus gorjeos y sus vuelos graciosos o elegantes, como si su función sea la de avisar que la vida late y advertir para que el mundo sea menos confuso.
Las parcelas cuidadas pueden acogerse y distinguirse en un estilo personal, original, de sus cultivadores: si es para árboles frutales o la tierra espera la siembra de hortalizas. La tierra de cultivo es un espacio escrito con un lenguaje sutil y en apariencia inocente. El paseante siente que las palabras, como los pájaros, vuelan, y se piensa en frases que puedan expresar con fidelidad y a la vez, lo que se ve y la impresión que se siente. Al final, uno se remite
a lo tópico y acostumbrado, resumiendo la emoción y el pensamiento.
Este acontecimiento de la floración, no por repetido deja de ser un suceso sorprendente, aun en la sencillez del cotidiano discurrir de las estaciones.
Y le tienta al paseante revivir y relatar enredos reales y ficciones aparentes que tuvieron lugar por estos territorios. Contando con que los recuerdos se modifican, las leyendas y los mitos de siempre pueden contener un sentido nuevo, como cuando los huertanos cantaban, con mejor o peor entonación, mientras laboraban, antes de la expansión del transistor, o un obrero a otro contaba un suceso misterioso desde la distancia de un terreno a otro, donde se entremezclaban las historias con las opiniones, los refranes y los precios del trabajo y de las frutas, con prospectiva de futuro, en una continua e
xpresión de la sabiduría popular.
El paseante se complace, pero no se anima, a ser un personaje que pudiera impulsar una narración, aprovechando la vida de árboles pájaros, y paseantes en bicicleta, procurando un estilo coloquial y a propósito sobre lo que se ve, la situación en la que habla el corazón.
Hoy, las personas que cantan son pájaros y evocan el mundo que existe, aunque con ecos distintos. El escenario huertano sigue siendo asombroso, aun en su, a veces, triste respuesta a la rudeza del mundo real.
El paseante mira o lo recuerda, que es un modo de mirar lo que ya no está, y se mezcla algo de lo que fue y algo de lo que hay y que no sabe ponerle nombre.
Será mejor abrir de par en par los ojos para recibir en el ánimo eso que está muy claro, intentando que la inteligencia sensible no dé paso a los excesos sentimentales. Las palabras vuelan igual que los pájaros, que armoniosamente quiebran el sile
ncio del caminante, mientras se percibe la primavera que retorna y deja algo para compensar la ausencia cromática anterior: está aquí para eso y para lo que quiera entenderse.

jueves, 10 de febrero de 2011

CONCORDIA entre el CANSANCIO y la energía: el DESAFÍO y LA DANZA. Esculturas de A. CAMPILLO, (y IV)

Cansera”, en escultura, nos puede remitir al recuerdo de la que escribió el poeta murciano Vicente Medina(“¿Pa qué quiés que vaya?/…/ Anda tú, si quieres,/ que a mí no me quëa/ ni un soplo d´aliento,/ ni una onza de juerza,/ ni ganas de verme,/…”).

Pero creo que las razones de una y otra son diferentes, tras leer el poema completo y, asimismo, tras contemplar a esta mujer que insiste en ser útil a sí misma y a los demás, pese a la evidente dificultad de dominar un cuerpo que fue joven y enérgico en su día, sin solicitar ayuda .
Esta mujer a quien los años, los trabajos, la obesidad abdominal acumulada t
anto por los partos que tuvo, -seguramente en casa, sin la atención de la maternidades modernas-, como por la alimentación irregular y de lo que hubiera, en su esfuerzo está resuelta a mantenerse útil.


Es una alegoría a la certeza de que estados similares nos pasarán a muchos, por no decir a todos. Y, a su vez, el esfuerzo palmario en el intento de llegar para trajinarse los pies, para subirse las medias, o quizá alcanzar el suelo donde está la invisible jofaina de lavado, pese al evidente impedimento que el cuerpo deformado. Lo decide y se esfuerza, porque hay que hacerlo; no hay lugar para la pusilanimidad y el desistimiento, frente a otros que se deprimen sin razón aparente, aunque la tengan.
Cuerpo cansado, en equilibrio apoyado en las patas delanteras de l
a silla característica de esta tierra. No hay cansancio en el espíritu, aunque el cuerpo ya no responda como antes. Y eso lo ha captado y reflejado
Antonio Campillo.

Hay futuro y esperanza. Ahí están las esculturas tituladas “Desafiando al viento” y “La Danza”.

Jóvenes, sonrientes, con sus redondeces y algunos gramos de más (si comparamos con el canon de ‘belleza armónica’ -?- que imponen las pasarelas y las televisiones), que, con fortaleza y equilibrio se elevan sobre sus pies y miren al frente con una sonrisa. Serán mujeres trabajadoras y exitosas, hagan lo que hagan.

Hay decisión en la expresión del momento de su gallardía. Y nunca considerarán que otros les han sustraído el lugar, porque van a esforzarse por lo que sus ojos ven en el horizonte de sus ilusiones.
Su peripecia, que comienza como un juego, una insinuación, refleja vida y emociones. Hasta les podríamos preguntar al pasar por d
elante, con su decisión emprendida
. Y hasta me pregunto por qué libro podrían estar leyendo. Pasa el tiempo y las personas; pero, antes de que pase, ellas han decidido emprender las acciones de arrostrar con firmeza, de puntillas bien sujetas al suelo, con la sonrisa reflejada ante las adversidades y la dureza del trabajo que aguarda, con vocación de ‘comerse el mundo’. No hay desánimo y sí la fuerza para no llorar ante la adversidad, que aparecerá. Son jóvenes emprendedoras, tal como las ha expresado Antonio Campillo.

Y ahí ha de estar nuestro reconocimiento a su trabajo, a su decisión de futuro, al que miran con ojos grandes, con adivinación que expresa la convicción de que vamos a vivir. Y nos inducen a pensar que se puede, quizá en medio de tanta pesadilla actual, que es posible un despertar donde todo será mejor, o por lo menos todo será de otra manera.

Observemos sus manos: una y otra siguen moviéndose con resolución, a pesar de las inquietudes, para que salgamos a la calle, sabiendo que en alguna esquina un aire de frente nos espera.

Quedan más esculturas en el pequeño parque. Pero esas, deberán ser contempladas cuando por ahí os acerquéis y paséis.